Blog de murderat221b

Equipo

Equipo

Mientras se levantaba, se fijó que no hubiera sangre en sus rodillas.

—¡Penal!¡Penal!—bramaban sus compañeros de equipo.

Marcos se sacudió el polvo y se irguió. Vio a su hermano a lo lejos, sentado al borde del jardín. Otra vez. Mamá insistía en que, al menos, saliera de casa a verlos jugar.

Suspiró con cierta resignación.

—Es que me deprime, mamá.

—Entonces, deja que Joaquín juegue contigo.

El niño titubeó un segundo, evaluando las respuestas. Todas le producían algún tipo de vergüenza, así que intuía que todas eran en cierta medida incorrectas. Aun así, contestó.

—Mamá, él no… sabe jugar al fútbol. En realidad, él apenas…

La voz se le fue apagando palabra por palabra.

Mamá sonrió.

—Marcos, entiendo que quieras jugar con tus amigos. Tu hermano también lo entiende. Jamás va a protestar ni a exigirte nada. Tiene el don de no saber quejarse.

El niño había bajado la vista. Mientras procuraba extraviar la mirada entre las baldosas, volvió a la carga tímidamente.

—Pero es que ese es el problema, mamá. Me hace sentir triste. ¿Para qué sale? Cada vez que lo miro, esté serio o riendo, no puedo evitar sentir pena por él.

—¿Por qué?

—Bueno, yo estoy dentro de la cancha y él no.

—¿Y por eso quieres que él no salga cuando juegas?

Marcos supo que no había manera de ganar esta discusión. Peor aún, supo también que, si se lo pedía, su hermano se quedaría dentro de la casa y su madre no diría nada. Finalmente, supo que no podía hacer nada de eso.

La madre le acarició la cabeza y le apartó el flequillo de los ojos.

—Marcos, ¿no dices tú que eres fanático del Sevilla? ¿Te entristece verlo jugar?

La pregunta descolocó al niño por innecesaria. Se pasaba las tardes del domingo frente al televisor, fantaseando con la próxima vez que su padre lo llevase al estadio. Cuartos en la tabla general, el domingo veintisiete contra Racing a las 14:30.

—No, ¿cierto?—su madre sonreía con calidez.

El niño levantó los ojos y la miró. Sin saber por qué, le pareció sentir que algo se tornaba muy suave y muy cálido.

—Bien, Joaquín adora ir a todos y cada uno de tus partidos. Los de la liga, los de casa, los del polideportivo. Joaquín es tu fanático. ¿Por qué debería entristecerte? Trata de divertirte tanto como él. Al final al cabo, ¿no es un juego el fútbol?

Ya habían colocado la pelota dentro del área y el arquero esperaba a que pateara nerviosamente. Marcos no se movió. Uno de los niños se acercó a ver si le ocurría algo.

—¿Estás bien?

Titubeó un segundo. Joaquín lo miraba desde lejos con la boca entreabierta, sin dejar de frotarse las manos.

—Quiero un cambio—respondió firmemente.

—¿Pero si no hay nadie más?

—Espera aquí.

Corrió rápidamente hacia el borde del jardín.

—¡¿Qué ocurre?!¡¿Te pasó algo?! Voy por el botiquín.

—¡Quieres patear tú el penal?

Por un instante ninguno habló. Joaquín respondió atropelladamente. Como si hubiera masticado la pregunta muchas veces y la respuesta fuera algo que ya hubiera estado allí, agazapada, doliéndole detrás del silencio.

—No. No puedo. No sirvo para el fútbol. Apenas sirvo para ponerme los zapatos y atarme los cordones. No sirvo para el fútbol y las carreras y los deportes. Yo…

Marcos no le dio tiempo a que se enredara con más excusas. El mismo ya las había pensado a todas, y ahora sabía que ninguna era más que eso. Se colocó detrás suyo.

—No importa. ¿Puedes mover los pies? ¿Puedes mover las piernas? Listo. No te preocupes. Yo corro por ti. No pasa nada. Diviértete.

—¿Y si fallo?

—Es sólo un juego—rió Marcos, empujando la silla de ruedas.


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